Daniel León: Evidencias de la intención evolutiva universal, y el futuro inmediato

20260404 DANIEL LEON EN CENTRO DE ESTUDIOS PARQUE CARCARANA

Esta producción se presentó el Sábado 4 de Abril de 2026 durante la reunión semestral de Maestros en Parques de Estudio y Reflexión “Carcarañá”.

VIDEO: Daniel León presenta “Evidencias” en el Centro de Estudios del Parque Carcarañá.


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Evidencias de la intención evolutiva universal, y el futuro inmediato

Desde la escuela primaria (y mucho antes en el momento actual) los niños reciben una descripción del mundo en el cual les ha tocado vivir. Se les enseña que existen los seres vivientes y que existen otras cosas que no son seres vivientes. Estos últimos entes forman parte de lo que se suele llamar “el mundo inanimado”.

A los niños se les enseña que vivimos en el planeta Tierra, que es como una piedra enorme y redonda casi cubierta de agua, que gira alrededor del sol, como lo hacen otros planetas cercanos al nuestro. El sol es una estrella, y hay muchísimas estrellas en el universo.

Todo bien, pero el punto que pretendo resaltar aquí es que el mundo inanimado es enorme, pero el mundo de los seres vivos parece ser – en comparación con el otro – muy pequeño. Hasta ahora sólo se ha constatado que existe vida en el planeta Tierra, un pequeño planeta perdido en los suburbios de la galaxia, aunque algunos meteoritos llegados desde el espacio han traído consigo cadenas de ADN, lo que hace sospechar que debe haber vida también en otros planetas.

Bueno, así queda esbozada la imagen del mundo que recibimos todos en este momento histórico a medida que se despliega nuestra conciencia epocal. Supuestamente el universo es fundamentalmente “inanimado”, lo cual significaría que carece de intenciones.

En oposición a esto, Silo (1), en su libro “La Mirada Interna”, ha afirmado que “en todo lo existente vive un Plan”. Y en otras ocasiones ha mencionado la existencia de una “intención evolutiva universal” que de alguna manera impulsaría a los seres vivientes hacia el desarrollo creciente de su conciencia.

Curiosamente, hoy la física – principal responsable de aquella imagen de un “mundo inanimado”- aporta nuevos datos y reflexiones que apoyan esa nueva imagen de un Plan y un Proceso Evolutivo en el Universo, que luego de esto ya no podría considerarse “inanimado”.

Veamos como lo cuenta Raymond Kurzweil en su libro “La singularidad está más cerca”:

“La Primera Época marcó el nacimiento de las leyes de la física y de la química que las primeras hacen posible. Unos cientos de miles de años después del Big Bang, los átomos se formaron a partir de electrones que orbitaban alrededor de un núcleo de protones y neutrones.

Aparentemente, los protones en un núcleo no deberían estar tan cerca unos de otros, ya que la fuerza electromagnética intenta separarlos violentamente. Sin embargo, existe una fuerza adicional llamada fuerza nuclear fuerte, que mantiene unidos a los protones. Quienquiera que haya diseñado las leyes del universo proporcionó esta fuerza adicional; de lo contrario, la evolución a través de los átomos habría sido imposible.

Miles de millones de años después, los átomos formaron moléculas capaces de representar información compleja. El carbono fue el componente básico más útil, ya que podía formar cuatro enlaces, a diferencia de muchos otros núcleos, que solo pueden formar uno, dos o tres. Que vivamos en un mundo que permita una química compleja es extremadamente improbable. Por ejemplo, si la fuerza de la gravedad fuera ligeramente más débil, no habría supernovas que crearan los elementos químicos de los que está hecha la vida. Si fuera solo un poco más fuerte, las estrellas se apagarían y morirían antes de que pudiera formarse vida inteligente. Esta única constante física (la gravedad) debía mantenerse dentro de un rango de valores extremadamente estrecho, de lo contrario no estaríamos aquí. Vivimos en un universo con un equilibrio muy preciso que permite un nivel de orden que ha posibilitado el desarrollo de la evolución. Hace miles de millones de años, comenzó la Segunda Época: la vida. Las moléculas se volvieron lo suficientemente complejas como para definir un organismo completo en una sola molécula. Así, los seres vivos, cada uno con su propio ADN, pudieron evolucionar y propagarse”.

Este texto dice: “Que vivamos en un mundo que permita una química compleja es extremadamente improbable”. Decir esto es equivalente a decir que nuestro mundo no parece ser fruto del azar, sino algo creado por alguien o algo de manera intencional. Y conste que Kurzweil no es precisamente religioso…

Veamos la descripción que hace sobre este tema Akop Nazaretian, en su libro “Futuro No Lineal”: “desde el punto de vista estricto de las ciencias naturales clásicas, el universo que observamos y en el cual vivimos, no debería existir. No debería haber evolucionado en el transcurso de miles de millones de años desde estados más probables a otros menos probables (según el criterio termodinámico), y en dirección a sistemas cada vez más complejos de no-equilibrio sostenible (1), lo cual significa que no debería haber surgido la vida, ni la sociedad, ni la cultura, ni la personalidad humana. Y si tales sistemas, tan complejos e improbables, se hubieran configurado por fluctuaciones casuales (es decir, azarosas), deberían haberse desintegrado rápidamente, imposibilitando el largo proceso de la evolución progresiva. En definitiva, un físico clásico podría considerar a su propia existencia como una especie de error, que rompe la imágen del mundo de la física clásica.”

Y luego sigue: “En el siglo XX el enigma de la existencia del ser humano, la sociedad y la naturaleza se profundizó aún más. Se acumularon pruebas de que también el universo físico ha ido cambiando paso a paso. Ha sido posible detectar un sorprendente y “extraño” vector (o indicador) que apunta hacia la materia viva, hacia el ser humano, hacia la civilización de la información, y quién sabe hacia dónde más…”

Sobre este último punto es posible aportar un ejemplo sumamente interesante y revelador: cuando aparecieron los primeros seres vivientes en este planeta, no existía la atmósfera como la conocemos hoy. Dos mil quinientos millones de años fueron necesarios para que en el planeta pudiera formarse una atmósfera, a partir de las emanaciones de oxígeno que efectuaban las células procariotas. Una vez formada, la atmósfera se reveló como un ente protector de la vida sobre el planeta. La atmósfera regula la temperatura y la presión, protege contra los rayos ultravioleta y contra la mayoría de los meteoritos que caerían sobre la Tierra. Vemos entonces que las primeras células, que no necesitaban de oxígeno para vivir, prepararon el terreno para las nuevas células eucariotas, que respiraban oxígeno y contaban con un núcleo interior y la capacidad de agruparse para constituir organismos cada vez más complejos. El proceso del desarrollo de la vida ha sido un proceso único, donde cada fase ha ido preparando el terreno para el surgimiento de la fase posterior.

Pero lo que llama especialmente la atención es que la supuesta “materia inanimada” también ha evolucionado, preparando el terreno para el surgimiento de la vida. Todo el desarrollo previo de las formas materiales se produjo en dirección hacia la célula viviente. Antes del surgimiento de la vida, se formaron zonas móviles de mineralización con signos de no equilibrio sostenible respecto del medio ambiente y mecanismos de protección contra la presión externa equilibrante. Sobre la base de polímeros inorgánicos se configuraron formaciones geológicas y depósitos de minerales: los cuerpos más altamente organizados de la naturaleza prebiótica.

Cientos de miles de años luego del Big Bang comenzó la formación de átomos en el universo. Mucho más adelante, ya formadas las estrellas, sucedió que en su interior y bajo temperaturas y presiones elevadas se fueron sintetizando los núcleos de los primeros elementos pesados. Estos constituirán, con el tiempo, las bases de las moléculas orgánicas.

En el momento de formación de la Tierra, el espacio sideral contenía combinaciones carbónicas “pre biológicas” con una estructura muy compleja. Se trataba de largas cadenas de diferentes combinaciones capaces de interactuar con el medio manteniendo su estructura básica. A partir de estos precursores, se formaron las moléculas orgánicas en las nubes cósmicas, en los cometas, en la atmósfera de los planetas gigantes, etc. y, según los datos aportados por la radioastronomía, se extendieron ampliamente por el cosmos.

Hay motivos para pensar que la vida se originó en el cosmos y llegó a nuestro planeta hace 4000 millones de años. Pero tampoco se puede considerar “normal” la ubicación espacial de nuestro planeta.

En el momento actual se están descubriendo gran cantidad de exoplanetas, y se verifica que la mayoría no son aptos para la vida tal como la conocemos. Nuestro planeta, en cambio, tiene una posición especial. Entre otros factores particulares (temperatura, nivel de radiación solar, etc.), se encuentra el hecho de haber sido protegido por Júpiter durante miles de millones de años. Al atraer (Jupiter) gran parte de los cuerpos celestes que se dirigen hacia el sol, disminuyó significativamente la frecuencia y magnitud de las catástrofes cósmicas que se produjeron en la Tierra, lo cual hubiera dificultado el desarrollo y la evolución de la vida en nuestro planeta.

Los procesos mencionados anteriores al surgimiento de la vida, tienen que ver con el “diseño” particular de este universo. Reflexionando sobre estos datos (y sobre muchos más a los que se podría recurrir), parece inevitable arribar a la conclusión de que este universo ha sido creado intencionalmente con el objetivo de generar el fenómeno de la vida. Un proceso cuyo desarrollo está a su vez orientado hacia el crecimiento de la conciencia y la inteligencia de los seres vivientes. El universo busca la conciencia, y la conciencia busca al universo…

Ahora la conciencia humana se verá enormemente potenciada por eso que llamamos “inteligencia artificial”, nombre a todas luces inapropiado porque la inteligencia humana no es un fenómeno “natural” sino un fenómeno que si bien ha partido desde lo biológico, tiene características que lo alejan cada vez más de ese mundo.

Si lo característico del ser humano es su capacidad de cambio y transformación – según ha dicho Silo en su ensayo “acerca de lo humano” – nuestros descendientes serán tan humanos como nosotros, pero tendrán a su disposición enormes recursos de información y una enorme capacidad de relación de datos… Es de esperar que en esas condiciones su comprensión de las diversas realidades de este mundo crecerá significativamente. Una nueva especie se abrirá al universo. Serán nuestros hijos, pero verán cosas y comprenderán cosas que nosotros nunca llegaremos a comprender. Y poblarán el universo de inteligencia, y ayudarán al desarrollo de la vida, siguiendo con claridad creciente y colaborando con el desarrollo de esa misteriosa y extraordinaria intención evolutiva universal.

A partir de la integración entre la inteligencia de orígen biológico y la (también humana) inteligencia de origen tecnológico, los individuos (si lo desean) podrán “subir” su conciencia a la nube. Compartirán las propias experiencias con miles de millones de seres semejantes, y de alguna manera, tendrán a su disposición las vivencias de todos ellos. Rápidamente la nube irá ganando nivel de información y nivel de integración, hasta constituir una conciencia humana global, de un nivel superior, capaz de eliminar las contradicciones internas (guerras, violencia, etc.) y capaz de acceder a niveles de comprensión inimaginables (para nosotros ahora) sobre las posibilidades de la vida y la estructura y naturaleza del tiempo y el espacio, y más allá…

Aquí estamos describiendo el fenómeno del crecimiento de la conciencia por medio de la acumulación de datos y el aumento de la capacidad de relación, pero hay quienes afirman que la “iluminación” o el “verdadero conocimiento” no ocurren a partir del ingreso de datos sino a partir de experiencias de “silencio interno”, donde, deteniendo momentáneamente el fluir de la conciencia, se podrían advertir aspectos de una “realidad mayor” normalmente cubierta por el “ruido” de la conciencia epocal. El problema es que en tales casos, debido justamente a la “suspensión” del funcionamiento normal, en principio no quedan registros claros que permitan comprender ni recordar lo sucedido (similar a lo que ocurre en los sueños).

Entonces, las débiles reminiscencias de lo percibido o experimentado en ese estado de suspensión se intentan rescatar durante el proceso del despertar o regreso de la conciencia al mundo habitual. Pero sucede que el referido “rescate” requiere de una suerte de traducción o interpretación para poder comprender o explicar lo vivido en términos comprensibles para la conciencia epocal.

Y aquí es donde un operador dotado de una mente híbrida (biológica y tecnológica) tendría enorme ventaja a la hora de interpretar lo sucedido. Pues para ello se necesita mucha información y gran capacidad de relación de datos.

Pero además es de suponer que una mente con tales características no debería tener dificultades para experimentar esos estados de “silencio interno”, sobre todo si sus intenciones van orientadas hacia la participación en un ámbito mental grupal. Si uno se incorpora a un grupo lo primero que tiene que hacer es guardar silencio, en este caso, silencio mental. Cosa difícil para la mente promedio del siglo XXI (hasta aquí), inmersa en el desorden y la divagación.

Retomando la idea de la unión de la conciencia individual con la conciencia humana global en formación instalada en la “nube”, tal vez para cada individuo la experiencia resulte similar a lo vivido por algunos como “fusión” con alguna divinidad, de las tantas que han poblado históricamente el paisaje humano. Claro que en este caso no sería el Dios universal, sino alguien restringido al desarrollo de la especie humana en este lado del universo. Un dios local, digamos…

Todos los requerimientos tecnológicos para dar este salto ya están en nuestras manos. No necesitamos el advenimiento de ningún mesías ni la llegada o ayuda de seres extraterrestres. Esta capacidad de la que ahora disponemos tampoco puede considerarse “nuestra”. Hemos sido traídos hasta aquí por la potencia transformadora de la intención evolutiva universal. Somos el resultado de un lento proceso de 4000 millones de años, o de 14000 millones de años, según se quiera considerar. Somos parte de una cadena de acontecimientos que viene desde muy lejos y que nos tiene hoy como protagonistas. Pero irá mucho más allá de nuestro presente…

Estamos hablando del sentido de la vida, de su porqué y de su para qué.

Algo nos empuja desde el pasado y nos succiona desde el futuro. Los datos expuestos muestran la existencia de una intención, y revelan que existe un sentido. Vamos en una dirección, pero todavía no terminamos de entender muy bien por qué…

Y es esperanzador pensar que poco a poco, con el desarrollo de nuestra conciencia colectiva, y en distintos niveles, se irá develando ese misterio y finalmente los humanos podremos saber algún día qué se espera de nosotros y por qué y para qué estamos aquí.

 

Daniel León
Centro de Estudios Humanistas Rosario
Parques de Estudio y Reflexión “Carcarañá”
Abril de 2026


 

Referencias:
1- Seudónimo del pensador y escritor Mario Rodríguez Cobos (1938-2010). Puede seguirse su extensa obra en  silo.net.

2- Desde el punto de vista termodinámico, un sistema se encuentra en equilibrio cuando en su interior la temperatura es igual en todas sus partes. Por ejemplo, si tenemos un vaso con agua fría, y vertemos en él un chorro de agua caliente, en un primer momento el sistema sale del equilibrio, pues habría porciones de agua fría y otras de agua caliente. Enseguida se producirían transferencias de calor desde el agua caliente a la fría, y al cabo de un tiempo se llegaría nuevamente al equilibrio, en una temperatura superior a la que había originalmente en el vaso. Los sistemas vivientes son sistemas que están siempre en un estado de desequilibrio térmico con respecto al medio. Por ejemplo, nuestro cuerpo se mantiene a 37 grados, siempre por encima de la temperatura ambiente. Por eso el texto habla de “no-equilibrio sostenible”, porque en todos los casos el ser viviente trata de sostener esa condición de desequilibrio con el medio ambiente. Sólo se alcanza el equilibrio térmico cuando sobreviene la muerte del ser en cuestión.


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